La resistencia al olvido de los vecinos de un pueblo gallego sepultado bajo el agua

>>> Este artículo aparece publicado en la revista Yorokobu

Al pequeño pueblo ourensano de Aceredo, como al Titanic, se lo tragó el agua. Como un barco a la deriva del progreso, a este pequeño pueblo y a otras cinco aldeas cercanas no los arrastró al fondo un bloque de hielo, sino el contrato entre una empresa hidroeléctrica portuguesa y dos dictadores. De aquel Aceredo no quedó nada más que litros y litros de agua procedentes del embalse de Lindoso y los vecinos, que vivirían para siempre en la memoria del exilio.

Como los músicos del Titanic, que no dejaron de tocar mientras el barco se hundía, en Aceredo hubo vecinos que no dejaron de grabar con sus cámaras domésticas hasta los últimos momentos a flote de su pueblo. Juntos, los vecinos de este pueblo rodaron en imágenes su resistencia a la perdida traumática e inmediata de sus raíces.

«Cogí la cámara como si mi vida dependiese de ello, como si de esa grabación dependiese la supervivencia de una aldea», cuenta Francisco Villalonga, antiguo vecino de Aceredo. Corría el año 1992 cuando el embalse de Lindoso, gestionado por la empresa hidroeléctrica portuguesa EDP, sepultó su pueblo junto a otras cinco aldeas ourensanas (Buscalque, O Bao, A Reloeira y Lantemil) en pleno Parque Natural del Xurxés.

El agua llegaba de lejos: el embalse era el resultado de un acuerdo de los años 50 entre los dos dictadores de la península ibérica, Salazar y Franco. Más de 40 años después, el acuerdo se hizo realidad y llegó el agua para cubrirlo todo.

Más de 250 vecinos perdieron sus casas y en el pueblo el acuerdo entre dos dictadores ya muertos dividió la realidad entre los que aceptaron irse y los que pensaban que no había dinero que pagase el exilio de una tierra perdida bajo el agua. «Fueron negociando puerta por puerta, primero con los hogares más pobres, y cuando lograron convencer a la mitad de la población comenzó la expropiación forzosa. La gente se vio obligada a vender. Más tarde nos dimos cuenta de que en la venta hubo muchos engaños. Los vecinos pensaban que estaban vendiendo a la compañía hidroeléctrica, pero en realidad estábamos pagando a unos intermediarios que después revenderían a la empresa», recuerda Villalonga.

os dias afogados

Desde el 15 de agosto de 1991 y hasta el final, los vecinos que se negaban a abandonar sus vidas protagonizaron sonadas protestas al frente de las cuales estaban fundamentalmente las mujeres. Mujeres jóvenes y mujeres mayores. Se encerraron dentro de la iglesia y se subieron al campanario para defenderse con piedras de los antidisturbios. Llevaron a cabo incluso una extensa huelga de hambre.

Los vecinos no querían irse hasta que se firmase un acuerdo de arbitraje, pero esa noche llovió sin parar y el agua empezó a cubrirlo todo antes de tiempo. Para muchos vecinos, especialmente para los de las aldeas situadas más abajo, aquella fue la noche más larga de sus vidas. Ni el hambre ni las protestas sirvieron para nada y con sus muebles a cuestas tuvieron que marcharse.

Villalonga, consciente de que su pueblo podía desaparecer en cualquier momento, comenzó a grabar a finales de los 80 la vida cotidiana de su aldea antes de que fuese agua. Sus vídeos domésticos, junto a los de otro grupo de vecinos que también se lanzaron a esculpir el tiempo en imágenes, son los protagonistas del documental gallego Os días afogados de Luis Avilés y César Souto, una apasionante pieza de etnografía visual que no ha dejado de cosechar éxitos en distintos festivales de todo el mundo y que fue acogido como un homenaje al origen por los vecinos de un pueblo que ya no existe. El homenaje a la historia de una lucha de la que ya nadie habla más que los supervivientes de la derrota.

«Queríamos dejar muchas preguntas en el aire. No queríamos hacer un documental basado en la información sino basado en la emoción», explica Luis Avilés, director del documental junto a César Souto. «Quizás lo más complicado fue retratar con distancia la tristeza. Cuando tienes consciencia de lo que hay debajo del agua, no puedes evitar sentir esa tristeza. La tristeza de lo irreparable que quedó plasmado en las películas domesticas».

En las cintas caseras recuperadas hay primeros planos de una gallina, un primerísimo primer plano de la vaca Juana, un plano americano de algunas cabras. Aparece Sixto explicando que pasó toda la vida en el pueblo «menos siete años que anduve por España» y una mujer que llora al contar que la obligan a irse aunque ella había prometido a su marido «que su bar estaría siempre abierto».

Uno a uno desfilan todos los vecinos del pueblo con sus ropas de labrar la tierra, con los bailes de agosto, salen los niños danzando, la abuela riendo, hay imágenes del pueblo a la hora de la siesta. Un mosaico de vida pura, de pura vida, que representa una auténtica golosina etnográfica sobre una forma de vida y de comunidad, un regalo para la memoria de algo que fue y nunca más será.

os dias afogados

«Las grabaciones tienen un gran valor como documento histórico, como registro etnográfico y como muestra de las posibilidades del cine familiar. Las películas domésticas normalmente ofrecen una visión idealizada y amable de la familia y de las vivencias personales, pero en este caso no es así, son imágenes que desde su nacimiento están atravesadas por el conflicto. Hay una tensión, una amenaza latente, que es la construcción del embalse, y eso condiciona todas las vivencias, todas las filmaciones», explica César Souto.

Y así avanza el documental, de la ternura al conflicto de las protestas, en una impresionante muestra de que hacer comunidad también es resistirse a desaparecer. «La gente que no quería irse, quiso que renaciera un nuevo pueblo al lado del que desapareció. Un Aceredo nuevo. Pero nada ha vuelto a ser igual, nadie se recuperó de todo lo que perdimos», comenta Villalonga.

«De cuando en cuando el “cadáver” sale a flote y todos volvemos a llorar la pérdida». En 2012 la falta de lluvias en la zona hizo resurgir a Aceredo de su tumba de agua como nunca antes. Algunos vecinos pudieron reconocer los restos de sus casas, los siete picos del tejado de la sala de fiestas, el lugar donde había estado la iglesia. «Tal vez todo lo que nos pagaron estuvo acordado pero ¿y lo que nos queda debajo del agua, una forma de vida que ya no podremos volver a mostrar a nuestros hijos, a nuestros nietos? Aquel embalse, como tantos otros que se han construido, han servido para aniquilar la cultura y la naturaleza de los pueblos».

Se dice que alrededor de 500 pueblos yacen bajo las aguas de embalses y pantanos en España. Aunque algunos desaparecieron de manera natural como consecuencia de la crecida de ríos cercanos, la mayoría fueron sepultados por presas enormes construidas por orden de Franco. Más allá de la memoria de los protagonistas, poco se ha hablado de la injusticia de toda esa pérdida y del patrimonio simbólico y emocional que quedó sepultado bajo el agua.

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