El día que julio conoció a diciembre

Mi amiga Eva es poesía. Estas letras son suyas.

Mayo dijo un día que no había bien que por mal no viniese y sin pensarlo dos veces lo arriesgó todo a la carta más baja. Le rompieron el corazón, como era posible, y desde entonces guarda siempre un tres en la manga. Para Julio, buen entendedor, no bastan pocas palabras. Él quiso ser transeúnte y terminó trashumante. Los dos habían nacido con un mes de diferencia pero si les preguntabas por el pasado siempre respondían lo mismo: “Hay tanta belleza en Septiembre”.

El día que Mayo era domingo, la ciudad se acostumbró a no nombrarle. Él tampoco la nombra por si acaso se acuerda de que existe y le pregunta la hora en una esquina improvisada. La ciudad tiene rostro de adivino, él no suele pasar por esa calle. Pero un día pasó, iba despistado, y advirtió su presencia en el semáforo. Le habían dicho que hacía tiempos muertos, que su fuerte era hablar no demasiado, que vivía en las gasolineras vendiendo Abril a los desenerados. Se acercó torpemente hacia su espalda, dejó caer el suelo su cigarro, y cayeron los libros, las postales, un bistró de París y el calendario.

Cuando Julio pasó en su bicicleta era ya tarde para los secretos. El verano es mago, pero nunca miente. Tal vez por las mangas desnudas, tal vez por los esqueletos.

Así que se fue de copas, como juegan los bastos, y conoció la distancia de Diciembre. A la tercera se enamoraron, como dos ciegos. Jamás pensaron que llegaría el año que viene, y con el tiempo la sinrazón de no poder olvidar nunca esa luna sobre Septiembre.

Eva y yo nos conocimos por encargo.

No lo esperábamos, estábamos allí –sin saberlo- por la ciencia infusa de algún astro. Había piedras, también cervezas, mucha gente y al fondo, a la derecha de aquel barco, estaba el mar soplando fuerte y anunciando la historia de aquel corto que luego se hizo largo. Sonaba su risa al otro lado del mundo, llegaba a la velocidad del rayo y sus palabras rozaban el encanto de intuir que seguirán siempre a tu lado.

Cuando ahora pasamos sin cruzarnos, hablo con aquel astro, tiro piedras, bebo una cerveza, la gente a un lado, pierdo el barco, sopla el mar ya lejos y el corto vuelve a ser largo. Lo único y todo que sigue siendo igual que aquel viernes o sábado, es cuando me río sabiendo que su risa está cerca y sus palabras siempre a mi lado.

Anuncios

Submit a comment

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s