Amor des-encolerizado

Hay lugares en los que nunca has estado y que sin embargo son tan familiares como el patio en el que jugaste a ser mayor.  Y entonces te das cuenta de que más que los espacios, lo que hace que un lugar esté cerca son las personas y las tresmiltrescientas formas que encontramos de relacionarnos.

Nunca estuve en aquel mercado, ni llegué a conocer a Florentino Ariza. Tampoco a Fermina Daza. Ni siquiera estuve nunca en el pueblo caribeño de La Manga ni sentí jamás la amenaza aplastante de los tiempos en los que el amor ardía en cólera. Me leí aquel libro sí, pero no fueron las horas de palabras las que me hacen sentir dentro aquel encuentro en el mercado. La descripción que comparte el libro de aquella persecución de Florentino tras el olor que ofrecía el rastro de Fermina ha seguido conmigo todos estos años. Desde el patio en que jugaba a dejar de ser pequeña. Y hoy, que cumple años Gabo, por fin he vuelto a encontrarlo –aquel párrafo. No puedo evitarlo, cuando imagino el amor –de verdad, de mentira o el que nos vendieron, el amor romántico- me llegan siempre las palabras de la persecución sin cólera de aquel enamorado.

“ Era ella. Atravesaba la Plaza de la Catedral acompañada por Gala Placidia, que llevaba los canastos para las compras, y por primera vez iba vestida sin el uniforme escolar. Estaba más alta que cuando se fue, más perfilada e intensa, y con la belleza depurada por un dominio de persona mayor. La trenza había vuelto a crecerle, pero no la llevaba suelta en la espalda sino terciada sobre el hombro izquierdo, y aquel cambio simple la había despojado de todo rastro infantil. Florentino Ariza se quedó atónito en su sitio, hasta que la criatura de aparición acabó de cruzar la plaza sin apartar la vista de su camino. Pero el mismo poder irresistible que lo paralizaba lo obligó después a precipitarse en pos de ella cuando dobló la esquina de la catedral y se perdió en el tumulto ensordecedor de los vericuetos del comercio…(…)
 
(…) Florentino Ariza la espiaba maravillado, la perseguía sin aliento, tropezó varias veces con los canastos de la criada que respondió a sus excusas con una sonrisa, y ella le había pasado tan cerca que él alcanzó a percibir la brisa de su olor, y si entonces no lo vio no fue porque no pudiera sino por la altivez de su modo de andar. Le parecía tan bella, tan seductora, tan distinta de la gente común, que no entendía por qué nadie se trastornaba como él con las castañuelas de sus tacones en los adoquines de la calle, ni se le desordenaba el corazón con el aire de los suspiros de sus volantes, ni se volvía loco de amor todo el mundo con los vientos de su trenza, el vuelo de sus manos, el oro de su risa, No había perdido un gesto suyo, ni un indicio de su carácter, pero no se atrevía a acercársele por el temor de malograr el encanto. Sin embargo, cuando ella se metió en la bullaranga del Portal de los Escribanos, él se dio cuenta de que estaba arriesgándose a perder la ocasión anhelada durante años.”

Santiago de Chile. Foto de Street Art Utopía

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