Un hogar para las muñecas

Era todavía pequeña aquel día en que, mientras observaba la televisión agarrada a una de mis muñecas, tuve la certeza de que ya no quería volver a jugar con muñecas. Me había aburrido, aquello ya no tenía ningún sentido. Se me planteó entonces una duda que de pronto se hizo existencia: ¿a dónde van las muñecas cuando los niños y las niñas ya no quieren jugar nunca más con ellas?

Durante días, recorrió mi interior la búsqueda de una respuesta; no dormía por las noches, apenas me entraba el desayuno en las mañanas. Mi existencia discurría en una duda permanente sobre el destino de aquellos seres.

Hasta ese día siempre había llevado en la mochila de la escuela una pequeña muñeca  con la idea de que un día acabaría convirtiéndose en una especie de Pumuki a la que llamaría Tibú y con la que hablaría sobre todas las cosas. Ahora, sin embargo, perdido todo entusiasmo por jugar con las muñecas, entendí que debía abandonar también la idea de traer a la vida a esa diminuta criatura de trapo.

Mi duda existencial engordaba por momentos.

Decidí entonces reunirlas a todas -junto a los camiones, los Playmobil y los ponys- en un rincón de mi habitación. Debía encontrar las palabras adecuadas para manifestar ese recién estrenado anhelo de independencia sin herir sus sentimientos. “Chicas, chicos, ha llegado la hora de seguir con nuestros caminos. He crecido y vosotras también sois ya mayores. Debemos separarnos o acabaremos siendo una carga para nosotras mismas y nuestro futuro”. Nadie dijo nada, ni el más mínimo murmullo; no hubo quejas, ni gritos, nadie derramó ni una sola lágrima. No se si quizás fuera esa falta de resistencia o aparente desapego lo que más me dolió de aquella despedida pero lo cierto es que nunca volví a hablar con nadie sobre el fin de mi relación con las muñecas.

Solo hoy, que vuelvo a estar de mudanza y que ya han pasado más de veinticinco años de todo aquello, me he puesto a escribir sobre lo que sentí entonces. Ha llegado el momento de dejar de cargar con muñecas en cajas, de casa en casa, de mudanza en mudanza y creo que todas pero sobre todo ella, sobre todo Tibú, lo entenderá mejor si se lo escribo. Esta vez no podría soportar los silencios.

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