El racismo se cura compartiendo un buen plato de comida

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Decía Unamuno que el racismo se cura viajando. A veces viajar es tan fácil como sentarse a la mesa con una persona de un país distinto al tuyo y el racismo… el racismo entonces se cura comiendo.

En un pueblito guipuzcoano de menos de 500 habitantes, Beatriz Eguskitza preparaba el año pasado un bacalao a la vizcaína. Como otro domingo cualquiera, iba a comer con su hija e iban a venir también su hermana, su cuñado y sus dos sobrinos pequeños. Una comida típica en familia. La diferencia esta vez es que a casa venían a comer también tres absolutos desconocidos de dos países en los que Eguskitza nunca había estado: Ziad y Lhassan, originariamente de Marruecos, y Tarana, de Azerbaiyán.

Dos familias, tres países distintos, alrededor de un buen plato de bacalao. Ese mismo día, en muchos otros pueblos y ciudades de Euskadi, más de 2.000 personas hacían lo mismo en otras 214 comidas interculturas. 214 viajes alrededor de una mesa.

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Bizilagunak, que en euskera significa vecinos, es un proyecto iniciado por SOS Racismo Guipuzkoa en 2012 que lleva más de cuatro años reuniendo a la mesa a familias autóctonas del País Vasco con familias y personas de origen extranjero. El objetivo es propiciar la conversación y el conocimiento mutuo entre distintas culturas para superar categorías, etiquetas, prejuicios o lo que quiera que sea que aleja del otro, del extraño, del que viene de fuera. De nosotros mismos.

«Al principio a todo el mundo le pareció un poco locura abrir la puerta y cocinar para gente que no conoces de nada. Pero nos parecía que era importante que la comida fuese precisamente en sus casas y no en cualquier otro lugar, porque al abrir la intimidad surgen muchas cosas que no salen en la calle», explica Anaitze Aguirre, de SOS Racismo.

Para Eguskitza, más que abrir la puerta de su casa a unos extraños, lo difícil fue elegir el plato. ¿Qué cocinas para alguien que no conoces absolutamente de nada?«No sabía qué preparar. Carne no porque podían ser musulmanes. Al final elegí bacalao a la vizcaína, algo típico de aquí. Lo cociné peor que nunca», explica.

Al ver el anuncio de la iniciativa en un periódico local a Eguskitza le movió la curiosidad y la inquietud de sentir que en un pueblo pequeño como el suyo apenas sabía nada de mucha de la gente que ha llegado en los últimos años. «Hace algunos años apenas había por aquí personas de origen extranjero. Ahora cada vez hay más y veo que cada vez se forman más guetos, los africanos por un lado, los marroquíes por otro… Están aquí pero están a parte, no compartimos espacios pero nos cruzamos por la calle», explica. «Una vez que entran en tu casa empiezas a ver a la persona de otra forma, conoces su historia, etc. Cuando te relacionas, cambia totalmente tu perspectiva».

Esa fue precisamente la idea inicial de la que surgió la iniciativa. «En 2010 viajamos a Praga y conocimos el proyecto La Familia de al lado (Next door Family) que una pareja de refugiados bosnios había iniciado allí en 2004. Nos gustó mucho y quisimos replicarlo aquí», explica Anaitze, de SOS Racismo Guipuzkoa.

Jelena y Dzemil huyeron de la guerra de Sarajevo en 1992, dejando atrás a gran parte de su familia, de su vida y de sus carreras profesionales. Después de años instalados en Praga, una mujer insultó a Jelena por su manera de hablar checo y le invitó a irse de nuevo a su país. «Jelena nos contó que ese gesto le destrozó, pero que a la mañana siguiente se despertó con una idea y una pregunta: ¿podría alguien que no me conoce insultarme y pensar lo mismo de mí como extranjera si pasase un rato conmigo?», comenta Anaitze.

De esa idea surgió un proyecto que desde hace más de 20 años junta en centenares de hogares de Praga a personas de distintos orígenes. En 2012 la experiencia se celebró simultáneamente en siete países europeos distintos, entre ellos España.

Los prejuicios, ese muro invisible entre dos personas

Según los últimos datos de la Encuesta Social Europea (2014), la población se muestra en general a favor de políticas que favorezcan el refugio y asilo de personas extranjeras. Otro reciente estudio elaborado desde London School of Economics expone que los europeos están más dispuestos a aceptar extranjeros con un alto potencial de empleabilidad, que sean especialmente vulnerables y que sean cristianos.

Aceptamos al otro sólo con condiciones y en la mayoría de ocasiones, los vemos —nos vemos— pero no nos acercarnos. «Estas comidas son para muchas personas una manera de construir puentes y de activarse en positivo. Sabemos que somos muchas las personas, autóctonas o extranjeras, a las que nos gustaría dar el paso del acercamiento, pero no encontramos el espacio o la oportunidad. Bizilagunak permite activar ese tejido social que tiene una actitud positiva hacia la diversidad, que no comparte esos prejuicios. Bizilagunak sirve para visibilizar esa corriente que también es parte de esta sociedad», explican desde SOS Racismo.

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Los organizadores de la iniciativa se ocupan de recopilar los perfiles de todas las personas apuntadas de manera que luego puedan enviar a las casas a una figura imprescindible: el dinamizador o dinamizadora, que se ocupa básicamente de romper el hielo y de que la conversación no decaiga.

«Hace unos años el propio director del Festival de Cine de San Sebastián, José Luis Rebordios, fue mediador en una comida entre una familia ecuatoriana y otra donostiarra», comenta Anaitze. «Hay que destacar, además, que para nosotros el concepto de familia es tan amplio como el abanico de relaciones personales y personas que existe en la sociedad y es importante visibilizar esto también».

Cuatro años después de su inicio, Bizilagunak (que volverá a celebrarse el próximo 13 de noviembre), una idea tan sencilla como sentarse en casa a comer con personas de origen distinto, arroja resultados positivos y una retahíla de encuentros vitales. Un estudio del Departamento de Psicología Social de la UPV que investiga el impacto que tiene Bizilagunak sobre la convivencia expone que la participación en estas comidas mejora las actitudes de las personas autóctonas hacia las personas inmigrantes y viceversa, activa emociones positivas y reduce la percepción de inseguridad respecto a los otros», explica Larraitz Zumeta, de la UPV.

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Ziad, que llegó a España cuando tenía 15 años desde Marruecos y que vivió en un centro de menores hasta los 18, nunca tuvo problemas para socializar con la gente local. «Enseguida hice amigos y pronto conocí a una chavala», explica riendo al teléfono. Aquel día se sentó a la mesa a comer bacalao con Eguskitza, con su familia, con Lhassan y con Tarana convencido de que no hay viaje más directo que el de conocer a la persona que tienes al lado.

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