Después de la violación de su cuerpo, Ana tuvo que sufrir la violación de su verdad

>>>> Este artículo aparece publicado en la revista Yorokobu. 

Cuando la realidad se hizo absolutamente insoportable, a Ana se le cerraron las palabras y sólo le salieron los dibujos.

Ana tuvo que huir de Guatemala a consecuencia de la violencia en su país. Llegó a España como refugiada y en lugar de una nueva vida se topó de bruces con una nueva violencia, la agresión sexual. Y ahí fue cuando Ana empezó a sentirse un juguete.

El agresor, una persona a la que Ana conocía, era en ese momento la persona en quien más confiaba en el país al que acaba de llegar. «En la que fue mi primera experiencia sexual, me violó. Me obligó a llamarle “amo” y a repetir que yo era “su puta”. No cumplir sus órdenes conllevaba un castigo», relata Ana.

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Ana no denunció inmediatamente. Fueron dos años de terapia profunda hasta que pudo dar el paso. «Primero guardé silencio, tratando de comprender yo sola cómo algo así podía estar ocurriendo. Lloré mucho, me castigué, traté de apartarlo de mi cabeza y, al final, un día, fue incontenible: acudí a dos amigas y les conté lo que pude. El resto, lo que no fui capaz de expresar en palabras, lo dibujé», escribe Ana.

La Asociación de Mujeres de Guatemala (AMG), que ha estado al lado de Ana en todo momento, ha lanzado la campaña #YoTeCreo para apoyar su caso y para denunciar una situación aberrante: aunque las violaciones cometidas por hombres que forman parte del entorno conocido de la víctima representan entre el 70% y el 80% de los casos, son las que gozan de mayor impunidad.

Sin saberlo, al denunciar a su agresor, Ana se introducía en un laberinto jurídico que volvería a convertirla, de nuevo, en una muñeca de trapo. «En todo momento sentí que quien estaba siendo juzgada era yo. Allí donde pensé que iba a encontrar justicia, me vi tan maltratada que desistí y abandoné el proceso», cuenta Ana.

No la creyeron, su denuncia fue desestimada y su caso archivado bajo el argumento de que una persona con estudios universitarios, una mujer que acudía a manifestaciones contra la violencia machista, no podía ser víctima de violación por un amigo.

A Ana la hicieron sentir la culpable de su propia agresión. «La violencia sexual es el único crimen en el que la primera sospechosa es la víctima», explica Mercedes Hernández, presidenta de la Asociación de Mujeres de Guatemala. «Cuando se trata de una mujer mayor de edad, y más si el agresor es alguien conocido, siempre está presente el factor del consentimiento y se olvida de que la persona tiene el derecho de parar en cualquier momento», añade Hernández.

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Para Ana era muy duro expresar en palabras el relato de las agresiones que sufrió. Reunió todos sus dibujos, que incluyen cada detalle de la agresión, y los presentó frente al juez. Ni el juez ni los forenses aceptaron sus dibujos como pruebas, «un material que en cualquier otro país sí hubiera servido como documento acusatorio», explica Hernández.

Tanto en el caso de Ana como en la mayoría de los casos en los que las mujeres denuncian este tipo de agresión, «la revictimización es constante en todo el proceso», explican desde la Asociación. «Como sociedad no se cree en ellas: vale más cualquier otra prueba que su testimonio. Ana se encontró con un cuestionamiento de su relato, le preguntaban que por qué seguía teniendo contacto con él. Nadie tuvo en cuenta que la violencia perpetrada por un conocido es la que más inactiva a la víctima», enfatiza Hernández.

Después de la violación de su cuerpo, Ana sufrió la violación de su verdad. «Volví a enterrar aquello de lo que ya había comenzado a liberarme y seguí con mi vida como pude», escribe Ana. «Ahora, me asusta imaginar a cuántas personas conocidas puede llegar este relato y los dibujos que tanto me ayudaron a expresar lo que no podía contar con palabras —esos que la forense ni siquiera quiso ver—, pero también albergo la esperanza de que con ello pueda ayudar a poner en contacto a otras mujeres en mi situación, a plantear que existen violaciones de las que nadie habla y, sobre todo, a decirles a todas las mujeres que han pasado por algo así, a todas las que han asumido una culpa inmerecida cuando un conocido las violó: “Yo te creo”».

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En apenas unos días, la web de la campaña ya ha superado las 10.000 visitas y son muchos los mensajes y las fotos de apoyo subidas a las redes con la frase #yotecreo

Pero más allá del caso individual de Ana, a través de artículos y testimonios de personas expertas, la campaña busca romper los estereotipos sobre el consentimiento y sus límites en las relaciones sexuales y aquellos sobre la no credibilidad de las víctimas de agresiones sexuales cometidas por hombres del entorno cercano. «Si sólo comparamos la cantidad de denuncias con la cantidad de sentencias condenatorias, nos damos cuenta del tiempo de sistema judicial que sufrimos. Con la campaña queremos denunciar un Derecho profundamente sexista y racista y lanzamos toda una propuesta teórica en torno a la credibilidad de las víctimas, algo sobre lo que apenas se ha reflexionado en el ámbito jurídico», explica Hernández.

Una de cada tres mujeres en el mundo siguen sufriendo violencia física y sexual según la ONU. Una crisis humanitaria en un mundo al revés en el que los culpables salen impunes y las víctimas tienen que defender su inocencia.

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