Hay niños que crecen entre las zarzas

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Hay niños que crecen entre las zarzas. Son niños que se enfrentan con problemas de adultos: la huída de su país de origen; los comienzos en un país con un idioma diferente y distinto acento; la falta de medios para comer equilibradamente, para comprarse todos los libros de la escuela, para apuntarse a jugar con otros niños.

Hay niños, que a pesar de las zarzas de su entorno, se recomponen y siguen siendo niños.

Durante las últimas semanas un grupo de niños y niñas refugiados y de origen extranjero junto con otros niños de origen español han estado coloreando sueños y pesadillas de la mano del ilustrador Aitor Saraiba. «En cada taller yo les iba pidiendo que dibujasen lo que más les gusta del mundo, lo que más odian; les preguntaba sobre las cosas que les dan miedo o las cosas que les gustaría decirle a sus padres. Compartimos hasta los superpoderes que nos gustaría tener», explica Saraiba.

A lo largo de las semanas de talleres con los niños, todos del barrio madrileño de Arganzuela y usuarios del CEPI (Centro de Participación e Integración del Inmigrante), CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado) y Cruz Roja, Saraiba iba registrando en su cuadernos de artista los dibujos y los mensajes que los niños iban creando.

Había niños que en sus trazos contaban cómo veían la violencia y contaban sueños como el de un «grifo de helado por todas partes» o como las «nubes que llueven oro». Había niños que hablaban en sus colores de los anhelos, como el de la niña que escribía «quiero que lo precioso cueste my barato y que lo barato cueste caro». En los dibujos había mensajes tan profundos y tan simples como el de un niño que escribe: «Papá, te echo de menos y te quiero».

De su cuaderno, Saraiba fue mezclando ideas y dibujos para empezar a plasmarlos en las paredes, en el techo, por las esquinas, sobre el suelo. El mural está lleno de zarzas por todas partes, zarzas que envuelven a niños y visitantes en esta realidad paralela de sueños, pesadillas y dibujos.

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Hace unos días, después de jornadas de trabajo sobre el mural, todo estaba listo y llegó el momento del reencuentro de los niños con su propia experiencia creativa.

Allí están las cucarachas que le daban miedo a algunos, está el arcoiris, la niña que quiere volar, el niño que quiere ser invisible. «Las frases que he trasladado a estas paredes son las que tenían un hilo común con la realidad de todos ellos. Había muchas más que me hubiera gustado poner, pero creo que el visitante que se deje pasear y envolver por este camino entre zarzas que he pintado aquí se llevará una idea de lo que hablaban aquellos niños y niñas en sus dibujos y en sus textos», explica Saraiba.

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Para el artista, uno de los autores más representativos del bum de la ilustración española de los últimos años, existe un poder sanador en el acto de participar en la creación de un dibujo. «Desde que hace años comencé con mi acción Dibujos curativos (una acción muy sencilla en la que una persona se sentaba frente a mí me contaba un sueño o un deseo y le hacía un dibujo que le regalaba para ayudar a conseguirlo) me ha obsesionado la idea del espectador como generador y protagonista de la obra. Muchos de los dibujos del muro funcionarán como aquellos Dibujos curativos; otros plantearán más preguntas de las que responden y otros serán una traducción literal de los ejercicios realizados con los niños y niñas», comenta el autor.

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Explican los psicólogos especializados en infancia que la forma en que un niño interpreta su experiencia determina el efecto que tendrá en el concepto de sí mismo y en su autoestima.

El dibujo, la pintura o el uso de narraciones y metáforas terapéuticas ayudan al niño a expresar lo que llevan dentro, a exponer la historia fuera de sí mismo y a construir nuevos significados donde puede reconocer los propios recursos internos que le han ayudado a reponerse frente a determinadas situaciones difíciles. Los dibujos llegan allá donde muchas veces las palabras no alcanzan.

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La instalación del mural se complementa con las voces de los propios niños. El músico Dr. Kurogo realizó ejercicios con ellos en los que con plastilina modelaban un personaje ficticio que les diera miedo para después contar la historia del personaje.

Los niños improvisaban frente a la grabadora cantando y contando sus sueños, sus pesadillas o interpretando la canción que más les gustaba. Como sus dibujos sobre el muro, sus voces constituirán un paisaje sonoro que enriquece la experiencia del visitante a través de las zarzas.

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Cuenta Inés que la experiencia ha sido maravillosa para su hijo, que corre por todo el mural, se hace fotos aquí y allá, y no deja de sonreír. “Su padre no está en España y yo no tengo mucho tiempo para hacer cosas con él. Sé que para él, poder traerme a mí y a otros niños y enseñarme lo que ha hecho, que lo vea todo el mundo que pasa por aquí, es importante. También es importante para mí”, explica la madre de este pequeño gran artista en potencia.

«Los niños que viven

entre las zarzas,

crecen con cicatrices.

(Pero son fuertes)»

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