Cuéntame como resistes

La siguiente entrada aparecía publicada el pasado 12 de diciembre en el blog 3500 Millones del diario El Pais.

– “Bienvenida a Israel“, nos dicen al llegar al aeropuerto.

Lo primero que una hace al llegar a Palestina es no llegar a Palestina.

-”¿Qué lugares van a visitar durante su estancia? ¿Van a ver a alguien en Cisjordania? ¿Conocen a alguien allí?

Son las 4 de la mañana de un martes que todavía amanece lunes y no estás para preguntas. Pero respondes.

– “He venido a lo típico: un poco de Jerusalén, Nazaret, Belén. Iremos al Mar Muerto sí, a flotar leyendo un libro. Lo típico, sin más. No conozco a nadie en Cisjordania. No pienso ir a Gaza.”

Mientes. Lo primero que una hace al llegar a Palestina es no llegar y luego mentir. Te lo han dicho. Si contestas la verdad, si dices que has venido a Tel Aviv haciendo escala en Roma simplemente para entrar en Cisjordania se pueden presentar distintos y molestos escenarios; el de la batería de preguntas sin parar es el más común. Son casi las 5 de la mañana y quieres salir del aeropuerto. Has optado por la opción rápida, mientes.

Piensas nada más dejar el aeropuerto que esa mentira no es más que un arma de doble filo y que en el fondo favoreces un objetivo: negar la existencia de un país, de un estado. Sin pleno derecho – sin medios derechos -, ocupado y reducido a menos del 14% de su esencia, un estado al que no dejan retornar, que se ahoga en la ocupación, que resiste la ocupación. Un estado que sin ser miembro, ahora goza de un recién estrenado status de Observador al que el opresor insiste en dejar aislado dentro de sí mismo. Un país que crece y se mantiene con la suma repartida de sus gentes. Es martes, cerca ya de las 6 y te consuelas pensando que tu respuesta tampoco cambiaría el rumbo de las cosas.

Pero el consuelo dura poco y ya empiezas a sentir esa especie de mueca, el enfado. Empieza como un ligero sentir de estupefacción: los check-points o controles militares israelíes. Una máquina que pita y ese soldado que acaba de quitarse de encima la pubertad te pide el pasaporte con el gesto algo des-posturado de cargar con una metralleta de no se que calibre. Estás aquí de paso -piensas- pero esta gente viene y cruza todos los días, con la misma máquina que pita, el mismo soldado con granos, la misma metralleta del calibre no se cuantos.

Empiezas a coger la maldita costumbre de contar los bloques de hormigón -todos iguales- de los muros que te encuentras, del gran muro que separa. Acabarás desistiendo, muchos siempre fueron demasiados.  Fotografías una reja desde un lugar en el que alguien te explica lo que son todas esas urbanizaciones que se ven desde la carretera. Están por todas partes, también alrededor de Ramala o Nablus. Están en Hebrón, en el centro mismo de la ciudad, en la segunda planta de muchas casas palestinas. Ocupación, asentamientos, colonias israelíes. Ilegales para el derecho internacional, alegales para el derecho ad hoc que se practica en Israel. No entiendes por qué también están aquí, tan cerca del escaso 14% de tierra palestina. La respuesta es otra mueca, una mezcla entre risa e ironía a la que te acabarás acostumbrando. Terminarás entendiendo que este entrar y salir continuo de territorio palestino se debe en parte a esas colonias, asentamientos rodeados de muros y un sistema de carreteras que impide la continuidad de lo que debería ser Palestina. Empiezas a frustrarte con ese extraño estado de estar y no estar en el país que quieres visitar.

Divide y vencerás -piensas- mientras buscas agua en un puesto de la estación en la que ahora esperas otro autobús. Alguien te trae un té al verte buscar; a estas alturas del camino ya has aprendido que el té es casi como dar la mano para un palestino y que no vas a encontrar a nadie que quiera cobrártelo. Apuntas en tu libreta esa historia de la hospitalidad de los beduinos que alguien te contaba aquella otra tarde recogiendo aceitunas. El beduino daba cobijo y alimento a todo el que pasaba por su tienda. Te da por pensar -mientras apuntas- en la tímida línea que separa el desapego del arraigo; una tímida franja que se hace enorme cuando tratan de ocuparte hasta la memoria.

Te tomas el té con un grupo de chicos de la escuela de circo palestino que habías conocido casi al principio. Son todos muy jóvenes, desborda su energía y una sonrisa que de grande, a veces te intimida. Recuentas entonces la cantidad de sonrisas que desde que llegaste sin saberlo a Palestina has ido guardando. La gente sonríe sin parar -piensas, de nuevo piensas- vive su vida y está, aguanta, resiste. Entonces uno de ellos te cuenta que hace circo para enseñar a todo el mundo que Palestina existe, que sonríe y hace reír, que se cae y vuelve a levantarse, que a veces siente que no puede pero que sigue intentándolo.

Entonces dejo de pensar y ya por fin me atrevo a preguntar.

– “Cuéntame cómo resistes”.

– “Resisto porque existo. Resisto siendo yo mismo, haciendo lo que me gusta -que es hacer circo- y quedándome en mi tierra, Palestina”.

Terminas tu té. Y es en ese último sorbo cuando descubres donde se había quedado todo el azúcar.

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