Pasar página


Probablemente no me hubiera fijado en él en aquella playa de Gokarna si hubiera sido un chico normal. Con una forma de pronunciar normal, unos gestos normales, una mirada normal. No hay nada normal, lo se, pero es que Jack no hablaba. Solo leía y dormía en la playa. Creo que de su silencio surgió nuestra relación y de ahí que las palabras acabasen siendo más importantes que nosotros mismos.

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A Jack le pesaban los libros. Demasiados acentos, agudas, demasiado llana la distancia entre las páginas. A Jack le pesaban sobre todo los verbos y por eso solo leía. Atrás había dejado el presente del verbo hablar y se había olvidado ya de las formas verbales en futuro del plural. Jack solo leía pensando que quizás así la vida dejaría de pesar al fin y sin el peso, sin las palabras, el mundo seria simplemente algo impronunciable.

Le llamé Jack antes incluso de saber que Jack era su nombre. Solía observarle todos los días desde la playa de Gokarna a la que llegué nada más llegar a India y a la que Jack, con sus libros, había llegado hacía mucho tiempo. Vivía sobre la arena, dormía bajo el agua y desde algún lugar entre ambos puntos Jack leía el mundo para soltar las palabras. O tal vez Jack solo leía palabras para soltarse al fin del mundo.

Día tras día mi rutina acabó convirtiéndose en la esdrújula obsesión de observar a Jack y recoger del suelo todas las palabras que él iba perdiendo. Y creaba con ellas de nuevo cada uno de los acontecimientos pretéritos de su vida pensando que en algún momento podría devolverle a Jack al presente. Quería agarrarle de nuevo al mundo que él trataba de soltar leyéndose los días desde la arena. Entre Jack y yo empezó a tejerse un camino de ida y vuelta – él perdía los verbos, yo recogía los tiempos- de la que llegué a pensar que también el mundo había empezado a depender. ¿Qué ocurriría si dejase de recoger sus adverbios, sus perífrasis, sus complementos? Y si Jack lograse algún día soltase al fin del mundo, ¿se soltaría el mundo de Jack? ¿Quedaría el mundo descolgado de los libros? ¿Flotarían las palabras suspendidas en el aire?  ¿Podríamos volver alguna vez a hablar sin palabras con el mundo descolgado de su órbita? ¿Sobrevivían al menos algunos nombres propios imprescindibles para la vida como libélula, reír, tortilla, verano, almuerzo, enredo, risa, barriga o chistera? ¿Y si Jack fuera en realidad la última oportunidad del mundo para seguir existiendo en las palabras?

Todas esas dudas rondaban mi cabeza cuando el tren llegaba de nuevo a la estación de Gokarna que había dejado dos meses y unos días atrás. Llegaba sin saber todavía si Jack seguiría leyendo sobre la arena o si el mundo estaría por fin descolgado sobre el agua, vagando sin rumbo hacia una suerte de Universo sin existencias.

Tres días después, allí estaba Jack. En una terraza, sentando al borde de una mesa, apostando al amor en frente de una muchacha. Nos miramos, no dijimos nada. Ya no había verbos tirados por el suelo. Los dos supimos, quizás en ese mismo instante, que el mundo seguirá girando siempre que existan palabras con las que pasar página.

[Historia basada en hechos reales o totalmente fruto de mi imaginación .]

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