Alvite y el olvido

Hay gestos condenados a juntarse. Apoyarse sola en la barra de un bar y ponerse a recordar. Es imposible no sucumbir a la memoria estando allí asomada, sobre esa línea horizontal al borde del abismo. La soledad es esquivar la mirada a la última página en medio de una multitud de cañas.

Ese vértigo al repudio de la barra hizo que en la adolescencia anduviera siempre buscando maestros en el complejo teorema del bar sin amigos. A los quince años, conocí a los mejores. Mi padre, eterno camionero de gafas oscuras en los bares de la A-6 y Jose Luis Alvite, columnista y creador del umbroso mundo del Bar Savoy. Como algunos de esos gestos, los dos acabaron condenados a juntarse en aquel recorte de La Voz de Galicia que un día mi padre me sacó de su cartera de cuero y puntas gastadas. “Tienes que leerlo Nati, te va a deprimir”. Alvite era triste -yo intentaba serlo- pero sus columnas eran siempre como empujones por la espalda con las que trataba de salvarte. En cada frase, Alvite te invitaba a abandonar esa oscuridad con la que él ya había firmado una hipoteca vitalicia. Con ellos empecé a engancharme al ascetismo de las barras de bar y no me quedó más remedio que hacerme periodista.

Durante años y muchas líneas discontinuas, las conversaciones con mi padre siempre hablaban de Alvite. Él me llamaba desde una carretera de Castilla dirección a Coruña para contarme la última columna que había escuchado en Onda Cero y yo le guardaba -con peligrosidad y alevosía- los recortes de los textos que publicaba en La Razón. Mi padre y yo estábamos unidos por los restos del naufragio que eran siempre las palabras de Alvite y que empujón a empujón, tal vez acabaron echándome de su territorio de tristeza hipotecada. Y mientras yo abandonaba aquel barco, él seguía fumando por la puerta de atrás para labrarse por fin un pasado, como solía escribir. “Quise ser siempre un tipo sin aspiraciones al que le viniese grande la ropa de cualquier mediocre, uno de esos hombres sin suerte en los que solo se fijan la indiferencia, el silencio y alguna bala perdida”.

El lunes pasado me acordé de él, después de años sin asomarme al precipicio de la barra del Savoy. Se había muerto en enero, tres meses y unos días antes de recordarle por última vez. Llamé a mi padre para contárselo y me habló de su cartera de cuero y puntas gastadas. Hay personas condenadas a olvidarse.

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