Encuentros en la tercera fase: la amistad en las residencias de mayores

Este reportaje aparece publicado en el diario Público. Empecé a escribirlo con mi padre, en las tardes a la fresca observando y escuchando las conversaciones en la residencia donde él pasa los veranos. Eso es lo mejor de todo, que empecé a escribirlo con él.


Dice Maximina que nació el mismo día que murió su abuela y que no le quedó más remedio que coger su nombre. Me lo dice Maxi -así me dice que la llame- apuntando a una etiqueta que lleva su nombre sobre una silla que empuja sus pasos.

Maximina, Evanginina, Narcisa…sólo con sus nombres, García Márquez escribiría un cuento infinito de (hiper)realismo mágico. En el microcosmos de una residencia de mayores una no puede evitar imaginárselas a todas siendo jóvenes. Imaginarse a una misma siendo mayor.

Hay en la residencia temas que se repiten todas las tardes. Se lanza al aire la pregunta sobre si estarían mejor en casa o en la residencia. Se hacen bandos, unas opinan, se contradicen, otros discuten, nadie lleva la razón. “Yo estoy bien para estar en casa, ¿pero qué hago yo sola con 84 años?”. Es difícil no ponerse del bando de Maxi: con su energía arrolladora y su risa exagerada, se revuelca de un lado a otro para contar una historia tras otra.

Pero, ¿se sienten menos solos los y las mayores en las residencias? ¿Cómo se experimenta la amistad a esta edad en una vida institucionalizada?

Cuentan los expertos que la amistad en las residencias geriátricas está poco estudiada; sin embargo, si existen estudios que alertan de que más de la mitad de las personas mayores institucionalizadas manifiestan sentimientos de soledad. En una sociedad cada vez más envejecida -y cada vez más institucionalizada-, ¿no merecería la pena entender la amistad como una herramienta para prevenir la soledad entre los ancianos o, incluso, enfermedades asociadas a esta última etapa de la vida?

Pienso en las conversaciones por la tarde en el patio de la residencia. Mi madre y otra vecina del pueblo colocan espontáneamente las sillas en corro: empiezan a llegar Maxi, Narcisa y todas las demás. Arranca la conversación, los recuerdos, las discusiones, la escucha, ese sentimiento incomparable de sentirse escuchadas. Pienso, ¿es tan difícil que este encuentro se convierta en una prioridad tan grande como la ronda de los medicamentos?

Un estudio publicado en la revista de sociología Personal Relationships apunta que los amigos se vuelven cada vez más importantes para la salud y la felicidad a medida que las personas envejecen. William Chopik, profesor asistente de psicología en la Universidad Estatal de Michigan, realizó su investigación a partir de dos estudios, uno de ellos sobre 270.000 ancianos de 100 países distintos y otro centrado en 7.5000 personas mayores de Estados Unidos. Para el autor, lo realmente sorprendente fue que, de muchas maneras, las relaciones con amigos tienen, en muchos casos, efectos más positivos que las relaciones familiares.

A pesar de los resultados de su estudio, Chopik insiste en que el poder de la amistad sobre la salud física y mental es ignorado en la investigación, especialmente en las personas mayores, donde a menudo se consideran más importantes las relaciones con los cónyuges y los hijos.

La balanza en la edad de la población española se tuerce cada vez más hacia un lado: hoy la población mayor de 64 años (18,6%) ya supera a la menor de 18 años (17,9%). Y según las proyecciones del Instituto Nacional de Estadística, en 2066 habrá más de 14 millones de personas mayores, un 34,6% del total de la población. Con menos hijos y menos nietos visitando las residencias y sin amigos con los que seguir construyendo relaciones, ¿qué opciones nos quedan?

La vejez con los amigos de siempre

Hay personas que empezaron a darle la vuelta a esta pregunta hace ya muchos años. A principios del año 2000, surgió en España probablemente la primera iniciativa de residencia en régimen de cooperativa y gestionada por sus propios usuarios. Aurora Moreno, fue una de las fundadoras del Residencial Santa Clara, en Málaga, con la intención de dotar a las personas mayores de los medios para que pudieran “autogestionar su propio futuro con dignidad”.

Poco a poco, irían surgiendo proyectos similares por todo el país. Trabensol, en Torremocha del Jarama (Madrid), es también una residencia cooperativa que surgió hace casi dos décadas por la iniciativa de un grupo de amigos que, todavía siendo jóvenes, se negaban a pensar en una vejez sedentaria, dependiente y aislada de la vida social. Hoy Trabensol es también un referente entre las iniciativas de senior cohousing que no dejan de crecer en España y que plantean un giro de 180º al modelo de convivencia entre las personas mayores.

“En Trabensol, somos conscientes de la seguridad que da y lo feliz que uno se siente por haber ampliado de forma voluntaria el ámbito de la familia”, explica a Público Jaime Moreno, de 82 años, uno de los fundadores de la cooperativa.

“Con los amigos se comparte vida, y eso no puede quedar relegado en las edades más jóvenes”, añade. En las instalaciones, que albergan 50 apartamentos, hay espacios comunes donde se realizan todas las actividades que ellos mismos proponen: talleres de pintura, de danzas del mundo, de yoga, de lectura, de Chi Kung…

“Lo que estamos ahora construyendo es una de las etapas más interesantes y más ricas, la convivencia, porque tiene muchas particularidades. Convivir con la familia tiene sus complejidades, pero vivir entre amigos, también, aquí estamos juntos 24 horas al día”, añade Jaime. Además de actividades y talleres, en la residencia celebran periódicamente asambleas y comisiones que ellos mismos integran. La de mediación de conflictos es una de las importantes para gestionar bien “la casa”. Jaime se refiere así a este modelo de residencia autogestionada: “la casa”.

Según exponen desde MOVICOMA, el primer proyecto de investigación del auge, desarrollo e impacto del movimiento de vivienda colaborativa de personas mayores en España: “En países en los que la vivienda colaborativa de personas mayores lleva más tiempo desarrollándose se ha constatado que combate la soledad y el aislamiento, aumenta la participación y el empoderamiento ciudadano de las personas mayores y que estos aspectos se relacionan positivamente con un envejecimiento más saludable y por consiguiente con un menor consumo de recursos socio-sanitarios”.

En el mapa que han elaborado en su página web, recogen los proyectos de vivienda colaborativa para personas mayores que existen (funcionando o en obras) hoy en el territorio español. Por ahora, van más de 40 proyectos de este tipo, y creciendo: puede que la solución esté, cada vez más, en autogestionarmos una solución propia.

Lugares para vivir sin armarios

En los próximos meses, el barrio madrileño de Villaverde abrirá la primera residencia pública del mundo para ancianos especializada en el colectivo LGBTI.

Nos lo cuenta Federico Armenteros, presidente de la Fundación 26 de Diciembre , responsables de que la residencia vaya a ser una realidad. Llevan nueve años atendiendo las necesidades de un colectivo, el de los mayores LGTBI, absolutamente olvidado. “Se trata de un colectivo invisible y metido en el armario de la ignorancia, personas que han vivido una época de la historia de España complicada, donde regían leyes como la de Vagos y Maleantes, sustituidas después por la de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Y es una certeza que estas circunstancias especiales no han sido resarcidas y siguen olvidadas”, explica Armenteros.

¿Puede una generación que vivió la represión en su juventud vivir su vejez en armonía con otra parte de esa generación a la que no se enseñó a aceptar la diversidad? Armenteros piensa que no. “En las residencias de mayores tradicionales, las personas del colectivo LGTBI no pueden vivir su diversidad. En primer lugar, porque ellos mismos se machacan, en seguida se les nota su condición de homosexualidad y se sienten juzgados, y machacados, porque ya lo fueron mucho antes, siendo jóvenes. Al final lo que hacen muchos y muchas es no permitirse el derecho a ser ellos mismos, a expresarse como lo harían sintiéndose libres, muchos acaban volviendo a encerrarse en su propio armario interior. Desde ese lugar, ¿cómo van a poder establecerse nuevos vínculos de amistad”.

El centro, que acogerá a 66 personas en residencia permanente y 30 plazas más en residencia de día, es un paso más en el trabajo que la organización lleva años haciendo en su sede en el barrio de Lavapiés. Cada día a la hora de la comida, sirven todos los platos que hagan falta sobre la mesa para las personas que quieran. Un espacio, nos explica Armenteros, en el que hablar de sus cosas, extender la sobremesa y, sobre todo, sentirse entre amigos.

Amigos de diferentes generaciones

Para Mariano Sánchez, profesor en el Departamento de Sociología de la Universidad de Granada y Director de la Cátedra Macrosad de Estudios Intergeneracionales, los espacios residenciales no son lugares propicios para la amistad. “En las residencias para personas mayores, la amistad no tiene espacio de manera intencionada ni en la planificación, ni en el día a día, ni en la filosofía que hay detrás. Si la amistad sucede es accidental”, explica. “Si cada semana se dedican a diario 45 minutos por personas al cuidado de los músculos y del bienestar del cuerpo, la pregunta sería cuánto tiempo se dedica a desarrollar actividades dirigidas intencionadamente a hacer amigos”.

Para el investigador, las dificultades a la hora de hacer nuevos amigos en las residencias no solo tienen que ver con la forma de estructurarse de estos espacios, sino por una cuestión de “psicología de la vejez”: “Las personas mayores piensan que esa energía que van a invertir no se merece la pena dada la expectativa de vida que les queda por delante. Se trata del manejo de las reservas afectivas conforme te vas acercando a edades más avanzadas y que lleva a seleccionar más las personas con las que quieres estar y a volcarse afectivamente en esos afectos en lugar de ampliarlos en afectos nuevos”.

Pero, ¿qué ocurre cuando los afectos se generan desde un lugar nuevo? Para Sánchez, las actividades intergeneracionales (basadas en la interacción entre personas de edades muy distintas) ofrecen la oportunidad de generar nuevas formas de amistad, fundamentalmente porque el encuentro rompe con cualquier tipo de estructura o ideas mentales que muchas veces dificultan los lazos de amistad.

“Cuando un niño se pone delante de una persona mayor en un mismo espacio, lo que hace el niño es desarmarle: le desarma las expectativas, las reglas, los hábitos… Los niños, con su espontaneidad y su falta de condiciones en el encuentro, ayudan a a las personas mayores a despojarse de sus propios condicionantes, abriendo así la ventana de oportunidad para los afectos que finalmente pueden derivar en amistad”.

Para el investigador, no se trata de “dibujar las relaciones intergeneracionales como un panorama color de rosa”, sino de potenciar posibilidades con un efecto positivo absolutamente demostrado. “Como ocurre con cualquier otro tipo de relación humana, cuando una persona mayor y un niño o joven se relacionan se dan momentos álgidos y momentos bajos, de desencuentro, incomprensión o conflicto. Relacionarse es correr un riesgo, nadie sabe cuánto tiempo va a durar una amistad y la mayoría hemos experimentado la sensación de vacío cuando se termina una relación o, simplemente, echas de menos a una persona que ya no puedes ver. Sin embargo, los beneficios que esas relaciones generan aportan tanto, que merece la pena correr el riesgo”.

“Un viejo y un niño desnudos se ven / jugando en la arena en la orilla del mar / el viejo es muy viejo su barba es azul / el niño es muy niño su risa está intacta aún / y juegan al mundo, a la historia, a la vida / común común”. Lo cantaba a principios de los 90 Silvio Rodríguez en una de sus bellas canciones, ‘Generaciones’.

La residencia de mayores Orpea, en la localidad madrileña de Meco, fue una de las primeras en sus instalaciones una guardería infantil. 15 años después desde la institución siguen alabando los resultados. “Entre los muchos beneficios destaca la mayor integración de los mayores en el entorno inmediato que les rodea, minimizando los efectos de la institucionalización. También se consigue que los mayores se mantengan activos de una manera positiva y que, en algunos casos, se restablezcan roles perdidos por enfermedad o por la ruptura de su entorno familiar y social”, explica Eva del Toro, terapeuta ocupacional en el centro.

El impacto positivo que han demostrado tener los encuentros entre personas mayores y jóvenes o niños, se plasma en elevado número de experiencias que existen en España y, que según proyecta Sánchez, no dejará de crecer en los próximos años.

En Jarandilla de la Vera, en Cáceres, los alumnos del instituto ‘Jaranda’ acuden cada dos semanas a la residencia ‘Servimayor’, de Losar de la Vera, para compartir tiempo, espacio y conversaciones con los residentes; en el centro intergeneracional Ovida, en Oviedo, conviven estudiantes universitarios con personas mayores; en Navarra, distintas residencias del grupo Amavir organiza desde hace años campamentos infantiles en sus jardines para que pueda surgir, aunque sea en verano, la amistad entre personas de distintas edades.

Sobran las maneras, los lugares y, por supuesto, las edades en las que provocar los encuentros. En el patio de la residencia de Maximina cae la tarde, empiezan a recoger las sillas. Nos hemos pasado la tarde charlando y, quizás, haremos lo mismo mañana.

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