La ley anti tabaco y la identidad del cenicero

Dicen que es bueno cambiar el camino por el que vuelves a casa todos los días, o por el que dejas la cama cada mañana. Cuentan que potencia la creatividad y reduce la monotonía –como si monotonía no fuese dejar todos los días la misma cama con la misma pena. Yo trato de hacer lo propio pero desde hace un tiempo, lo im-propio me ha vencido y sigo siempre la misma ruta desde que dejo, con pena, mi cama cada mañana.

Y así todos los días espanto los años resistiendo al grito que llevo dentro cuando paso por los gritos del mismo colegio concertado; llega después la subida por Santa María de la Cabeza y es allí donde empiezo a mirar al cielo, saltando entre los mismos áticos hasta que llego arriba donde ya enlazo con los caballos alados, que en Atocha –y también por dentro- aguantan galope todos los días. Antes de llegar al metro paso por delante del Reina Sofía y allí me detengo. Cuentan que allí todo es arte y tal vez si me paro y me lo pienso, se me quede algo dentro.

Desde que empecé a pensarlo me di cuenta de que de una de las puertas salían tres o cuatro gatos que han ido creciendo. Me recuerda tanto al corral de mi abuela –que sin crecerle los enanos, se le llenaba de gatos sin nombre y llenos de hambre- que ya he cogido por costumbre cerrar los ojos y agarrarme a los recuerdos por un rato. Es lo que tiene esta ciudad, que te devuelve al pueblo en cualquier esquina o cambio de sentido.

Andaba yo pensado en ellos cuando me atacó de pronto la incertidumbre de la nueva ley anti tabaco. ¿Sabrán los gatos algo de todo esto? Quiero decir, allá dentro ya hace un tiempo que se respira como en un templo pero, ¿y en los bares? ¿sabrán que los ceniceros ya nunca volverán a ser ceniceros con cenizas? Supongo que también habrá un plan o algún decreto para su nueva situación laboral pero entonces, si las palabras adquirieron algún día la cualidad de objetos sólidos, ¿qué va a pasar ahora con el cenicero? ¿tendrá solo ya cualidad en el ámbito privado de otro hogar o es este el fin de su propia identidad?

Contaba Millás que le asombraba la capacidad de las palabras para encontrarse con los objetos que nombraban. “Así, una mesa no podía ser otra cosa que una mesa, la misma palabra lo decía, mesa. O caballo. Decías caballo y estabas viendo las crines del animal, su cola, sus ojos inquietos…Cada cosa se llamaba como decía. Me parecía inexplicable en cambio que si al pronunciar la palabra gato aparecía un gato dentro de mi cabeza, al decir «ga» no apareciera medio gato.”

A mi me pasa lo mismo con la palabra humo. Si digo humo me viene a la cabeza bar y si digo bar no puedo imaginarme otra cosa antes que el humo. Fueron muchos años de infancia en el bar de los camioneros contigo; mirando las cartas en la partida de brisca de la tía Felisa; los primeros tequilas sin sentido, siempre con el primer cigarro o lo que quería ser pitillo; luego vendrían las horas tendidas en la cafetería de la facul; los cafés servidos en la estación de Brighton; las tertulias en Vallecas a la hora del desayuno..Yo, fumadora social de pacotilla, no me posiciono con esto de la ley anti tabaco –tampoco con lo del cenicero. Pero me parecía importante salir de la rutina y marcar este día como un antes que llega tras el después. Dejando a un lado los debates y centrándonos en las palabras, me cargo de nostalgia por pensar que, en unos años, ni los gastos del Reina ni los que ya no serán niños, acertarán a relacionar la palabra bar con la palabra humo.

Lo consultaré mañana, sino con los gatos con los caballos de alas, que seguro que lo ven todo con algo más de perspectiva.

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2 comments

  • Puede que entonces al decir humo se piense en calor, ese que se dibuja como una espiral y que solo sabe salir de las tazas o de las chimeneas bidimensionales, y que los ceniceros sirvan para dejar la propina, meter caramelos para ofrecer después de la comida o como trinchera de pelotas de papel, y entonces a los niñoss se les diga que cenicero viene de ceniza, de cuando se fumaba en los bares y dirán que eso es mentira y que son cosas de vieja…

    • Pues me acabas de alegrar la mañana porque, bien pensado, por fin tengo ya una de esas historias que contar en 10 años del tipo, “cuando yo era más joven, había ceniceros en los bares, el humo era el de los cigarros y algunos jugábamos a robar los mecheros…”. Y pensándolo de nuevo me he dado cuenta también que ahora ya no se empezarán conversaciones –y algunos amores- pidiendo fuego. Esto último me ha vuelto a traer la incertidumbre –un poco de melancolía también- pero vuelvo al principio y me quedo con aquello de “cuando yo era más joven” porque donde dije “era” digo “soy” y porque todavía nos quedan humos para ser viejas 😉

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