La vida entera en una sola foto

30 may

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Visto en @Viralmente

El mundo es una montaña

4 may

Días y noches de montaña con Israh. The Lake District, UK. Abril 2012.

 

Contaba el poeta místico musulmán Rumi (en una traducción libre de uno de sus poemas):

“El mundo es como una montaña. Todo lo que dices, bueno o malo, regresa a ti, transportado por el eco. No digas que tu canto fue bonito y que el eco de la montaña te devolvió una voz fea. Eso no es posible.

El intelecto humano es un lugar donde la indecisión y la incertidumbre echan raíces. No existe manera alguna de superar esa indecisión, excepto enamorándose.

Estés donde estés, hagas lo que hagas, ama siempre”.

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Polo de Inaccesibilidad

2 may

Cuando la publicidad no es publicidad y son personas. Todos somos historias.

Un viaje extraordinaro de 7500km desde el Polo de Inaccesibilidad hasta la playa.

 

 

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La reforma sanitaria o el privilegio del asegurado

29 abr

A mi padre le salvaron la vida. Hubo retrasos sí, pero se la salvaron. El 25 de agosto de 2008 sufría un Ictus hemorrágico mientras conducía su camión. Antes había parado, le dolía mucho la cabeza, mucho más de lo que nunca le había dolido. Llamó a una ambulancia y después a mi hermano. Sólo pudo decirle que le dolía mucho la cabeza. Cuando mi hermano llegó a aquel lado del arcén en la carretera en la que estaba mi padre, trató de convencer a la ambulancia de que le llevaran directamente al hospital de León, tenía que ser algo grave porque mi padre nunca había estado así. “Vamos a llevarle al centro de salud de Astorga, es muy probable que solo sea un corte de digestión”.

Nunca supimos si el retraso que supuso ir por Astorga y comprobar que no, que no se trataba de un corte de digestión, supuso todas las consecuencias que aquel accidente ha tenido -tiene- en mi padre y en todos nosotros. Cuando llegó a la UCI de León -muchas horas después- entró en un coma del que solo saldría un mes después.

Le salvaron la vida, si. De eso estoy segura. Pero superar a la muerte no garantiza disfrutar de la vida. Mi padre tiene ahora una hemiplejía en todo el lado izquierdo de su cuerpo. No se puede mover por sí mismo y, por muchas más razones que su inmovilidad, es ahora totalmente dependiente de otra persona. Quizás todo eso pudiese ser lo peor, pero muchas veces pienso que lo peor es el lugar en el que la enfermedad te coloca en la sociedad. Tu entorno se desmorona, se aleja, mira hacia otro lado. En el sistema sanitario encuentras personas que te apoyan pero una burocracia que te empuja a fuerza de diagnósticos: si eres mayor de 45 años y con un estado de dependencia total, es muy probable que nunca más vuelvas a formar parte del mercado de trabajo y que, por tanto, ya no vayas a “servir” a la sociedad. Y se cierran muchas puertas hacia la esperanza de la recuperación.

Durante todos estos años mi padre ha requerido una serie de gastos difíciles de soportar pero imprescindibles. Rehabilitación, preparados dietéticos, sondas, cremas, medicamentos, pañales… Unos gastos que solo hemos podido sostener gracias a la buena gestión de mi madre y gracias a un sistema sanitario que ha financiado la mayor parte de todos esos costes (exceptuando la rehabilitación – que es otro cantar). Durante todo este tiempo también me he preguntado qué sería de mi padre y de muchas otras personas cuya enfermedad les exige un gasto equiparable a la pensión que perciben. Qué se puede hacer cuando no dan los números siendo la vida la que suma y resta.

El Gobierno del Partido Popular está respondiendo a mi pregunta por la vía práctica. A partir de septiembre nos mostrará si tiene algún sentido que te salven la vida en urgencias para luego perderla por no poder mantener un tratamiento. Me pregunto si seguirán hablando de la salud como derecho fundamental o empezarán a llamarlo con propiedad: privilegio del asegurado.

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Silba, atrapa, suelta, sueña, calla. Vive.

13 abr

Si me silbas te atrapo,

Si me atrapas te suelto,

Nos soltamos con aire,

Aireamos los sueños.

Déjame soñar mi mano en tu vida,

Vive y olvidemos el peso.

Paso haciendo caminos silencio,

Callo y apenas habla el recuerdo.

Un lugar en ninguna parte

8 abr

Hay lugares que podrían ser de cualquier parte.

O estar en ningún lugar.

Las montañas.

A partir de cierta altura la sensación de estar se desvanece, el cielo está mas cerca y sientes menos fantasía en eso que dicen de tocar las nubes con los labios. Allá arriba de poco sirven los idiomas, las letras y el lenguaje se practica de otro modo. El sonido sordo de los ritmos.

Y aparecen los pasos.

Los hay mas lentos, mas fuertes, mas ligeros, con menos ruido y escandalosos. Pero lo que los hace diferentes es que en la montaña, a los pasos los hueles, los miras, los sientes. Y hablan, te cuentan , te escuchan y se lanzan mensajes con la respiración, que de pronto también aparece. Y juntos, al ritmo de ese viento que empatiza silbando -que apenas se acerca y te roza por los lados- es cuando empiezan a mezclarse con el sudor. El mismo, el que solo algunas muchas veces huele pero que a golpe de desodorante te enseñaron a olvidar que te pertenece.

Y llega ya fuerte el bom-bom bom-bom de los latidos.

Y estamos todos, allá en algún lugar que ya no se confunde con ninguna parte. Sigues con los pasos y los músculos empiezan a contarte  aquel viejo chiste de los encuentros. Y te cuentan que hace tiempo que no disfrutábamos juntos del gusto agridulce del subir con mucho esfuerzo. Del dolor, ay! el dolor de las subidas cuando falta el aire. Del sol en la cara cuando el sol esta mas cerca, del viento en la espalda cuando vas en la dirección que buscabas. Pero hay mas, esta también el ruido del agua al tragar, el estremecimiento de construir -aunque solo sea una tienda de campaña. Comer la comida que has llevado a la espalda, el sonido de la cremallera que cierra el saco, los ojos abiertos por si acaso.  El viento, la luna, las estrellas. El cielo en vivo y en directo, sin intermediarios.

Hay lugares que no son de ninguna parte y que sin embargo te llevan al unico sitio que alguna vez adivinaste.

Las sensaciones.

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Ventana, acción o efecto de instrospectar

20 mar

Ventana. Siempre ventana. Algo así como una cuestión sine qua non. Acción, condición o ingrediente necesario y esencial —de carácter más bien obligatorio— para que algo sea posible. En autobús me tocaría ir igual, pero la ventana es sine qua non. Si me toca pasillo, me siento en ventana, espero a que llegue el compañero o compañera de viaje y les dejo que decidan. Lo sé. Lo hago sabiéndome egoísta. Lo llaman geta, morro, cara. Lo sé pero no lo puedo evitar. La ventana, sine qua non.

Leo, escucho, duermo. Pero la mayor parte del tiempo miro. La ventana y su poder de instrospección. Acción o efecto de instrospectar: observación interior de los propios actos o estados de ánimo o de conciencia. Y las rayas de la carretera no son en realidad rayas, son el tiempo. Y los postes de la luz no son postes, son momentos. Y así con todo: las señales, son recuerdos; las montañas, alegría; los árboles son sueños y el camino de frente –desde la ventana- no es camino sino que es vida. La que sucede, la que te espera.

Lo mejor de todo es cuando por la ventana –que no es ventana, sino que fue siempre tu mirada- aparecen sutilezas inesperadas. Ayer cacé un arcoiris. Y hoy sigo pensando qué fue en realidad, si la verdad es que nada es nunca lo que parece.

Una sonrisa y todas las respuestas

19 mar

Mi padre y yo aprendimos muy pronto a entendernos por teléfono. Primero fui pequeña, luego la adolescencia, a mi padre solo le veíamos los fines de semana y algunas noches -entre martes y viernes- siempre salteadas. Para el resto del tiempo, solo nos quedaban las palabras que entraban por aquel cable rizado que yo torcía y desenredaba. La conversación solía depender de lo que sucediesen en la tele: si había fútbol, esperaba con todas mis fuerzas esa llamada para contarle mi día detalle por palabra. Al sonar el teléfono corría todo lo largo del pasillo y entonces comenzaba el piloto automático de las preguntas anillo: ¿dónde estás? ¿cuándo vienes? ¿qué cargaste? ¿donde duermes?

Había una pregunta que no le devolvía siempre pero que, solo por por si acaso, tenía guardada: tienes la voz triste, ¿te pasó algo? Mi padre siempre se ha sabido optimista y era muy raro escucharle quejarse, augurar malos futuros y mucho menos tratar de preocupar a nadie. Sabías que iba algo mal -o que ardía la mala leche- por el tono de su voz o por la altura del ceño que fruncía sobre sus gafas oscuras.

Si digo que mi padre y yo nos aprendimos muy pronto por teléfono fue porque enseguida supimos el poder terrible de los silencios al otro lado del cable. Eso se tradujo en que todas las preguntas encontraban alguna respuesta -las preguntas sin respuesta siempre me dejaban perdida. Daba igual lo que preguntásemos, siempre contestábamos algo. Papá, ¿por qué todos los perros se enfadan cuando los soplas en la cara? Mi padre no lo sabía pero en lugar de decirme el no sé que yo tanto odiaba, empezaba a relatarme las veces que había soplado en la cara de un perro con la única intención de enfadarle. Nos poníamos a reír y entonces ya me daba igual saber que hay preguntas que siguen sin respuesta pero que es bueno volver y volver a preguntarlas.

Hoy hace dos años que empecé a escribirle desde este blog. El teléfono o nuestra manera de entendernos ya no es como antes. Pero cuando vengo a su lado le leo y le cuento. Volvemos de nuevo a sus andanzas de otros tiempos y entre sus cuentos y los míos, es cuando empieza a reirse, llega la primavera y se pasa el invierno. Y entonces entiendo que su risa vale más que todas las respuestas.

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Mafalda, medio siglo alegrándonos el alma

14 mar

Mafalda cumple hoy 50 años. Medio siglo observando el mundo y, con la misma lucidez, alegrándonos el alma.

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Amor des-encolerizado

7 mar

Hay lugares en los que nunca has estado y que sin embargo son tan familiares como el patio en el que jugaste a ser mayor.  Y entonces te das cuenta de que más que los espacios, lo que hace que un lugar esté cerca son las personas y las tresmiltrescientas formas que encontramos de relacionarnos.

Nunca estuve en aquel mercado, ni llegué a conocer a Florentino Ariza. Tampoco a Fermina Daza. Ni siquiera estuve nunca en el pueblo caribeño de La Manga ni sentí jamás la amenaza aplastante de los tiempos en los que el amor ardía en cólera. Me leí aquel libro sí, pero no fueron las horas de palabras las que me hacen sentir dentro aquel encuentro en el mercado. La descripción que comparte el libro de aquella persecución de Florentino tras el olor que ofrecía el rastro de Fermina ha seguido conmigo todos estos años. Desde el patio en que jugaba a dejar de ser pequeña. Y hoy, que cumple años Gabo, por fin he vuelto a encontrarlo –aquel párrafo. No puedo evitarlo, cuando imagino el amor –de verdad, de mentira o el que nos vendieron, el amor romántico- me llegan siempre las palabras de la persecución sin cólera de aquel enamorado.

“ Era ella. Atravesaba la Plaza de la Catedral acompañada por Gala Placidia, que llevaba los canastos para las compras, y por primera vez iba vestida sin el uniforme escolar. Estaba más alta que cuando se fue, más perfilada e intensa, y con la belleza depurada por un dominio de persona mayor. La trenza había vuelto a crecerle, pero no la llevaba suelta en la espalda sino terciada sobre el hombro izquierdo, y aquel cambio simple la había despojado de todo rastro infantil. Florentino Ariza se quedó atónito en su sitio, hasta que la criatura de aparición acabó de cruzar la plaza sin apartar la vista de su camino. Pero el mismo poder irresistible que lo paralizaba lo obligó después a precipitarse en pos de ella cuando dobló la esquina de la catedral y se perdió en el tumulto ensordecedor de los vericuetos del comercio…(…)
 
(…) Florentino Ariza la espiaba maravillado, la perseguía sin aliento, tropezó varias veces con los canastos de la criada que respondió a sus excusas con una sonrisa, y ella le había pasado tan cerca que él alcanzó a percibir la brisa de su olor, y si entonces no lo vio no fue porque no pudiera sino por la altivez de su modo de andar. Le parecía tan bella, tan seductora, tan distinta de la gente común, que no entendía por qué nadie se trastornaba como él con las castañuelas de sus tacones en los adoquines de la calle, ni se le desordenaba el corazón con el aire de los suspiros de sus volantes, ni se volvía loco de amor todo el mundo con los vientos de su trenza, el vuelo de sus manos, el oro de su risa, No había perdido un gesto suyo, ni un indicio de su carácter, pero no se atrevía a acercársele por el temor de malograr el encanto. Sin embargo, cuando ella se metió en la bullaranga del Portal de los Escribanos, él se dio cuenta de que estaba arriesgándose a perder la ocasión anhelada durante años.”

Santiago de Chile. Foto de Street Art Utopía

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