Wildtime

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Blog / Comunicando Infancia / Vídeo

WildTime es un proyecto impulsado por mi amiga Israh y Maren en Devon, UK, que pretende ofrecer a las adolescentes la enriquecedora experiencia de sentir la aventura en un momento de transición en sus vidas.

Rodeadas del poder de la naturaleza, las jóvenes aprenderán a desarrollar habilidades esenciales -hacer fuego, construir un refugio, etc- ; a expandir su modo de percepción; a enfrentarse a los retos que se presentan en medio de la naturaleza al tiempo que podrán crear un nuevo mapa de experiencias y relaciones vitales.

Hace unas semanas, disfrutamos de un maravilloso día compartiendo palabras con Kuki y Anya y su manera de estar en el mundo como adolescentes.

Para más información, podéis visitar la página web o seguir el proyecto en Facebook.

 

El violinista en el tablao

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Blog / Relato

En el interior de la caja de un violín se encuentra un poste sonoro al que también llaman alma. Si, también lo llaman alma. A las 19:15 horas del domingo pasado, el violín de mi amigo Ernesto sentía el flamenco en sus cuerdas -y en su alma- por primera vez sobre el escenario. Acostumbrado a tocar música clásica desde pequeño, Ernesto me contaba que tocar flamenco es como aprender un nuevo lenguaje, un código de expresión totalmente distinto y que donde a los flamencos les salía la espontaneidad musical -el duende, lo llaman- Ernesto se afanaba en colocar corcheas y semicorcheas sobre un pentagrama imaginario. Fue maravilloso, todas nos levantamos a aplaudir. A las 23:05 horas la sala estaba llena, allí estábamos todas, corcheas, semicorcheas, duendes y aplausos. Habíamos alucinado con el espectáculo: el alma se había salido del violín y el violinista, en el tablao.

Un cómic y una heroína para tumbar la violencia sexual en India

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Blog / Publicado
priyas shakti

Este artículo aparece publicada en la web de la revista Yorokobu.

Antes de convertirse en la nueva super heroína -la primera- del cómic en India, Priya fue víctima –  o superviviente- de la violencia sexual. Con su shari de color naranja y subida a lomos de un tigre, Priya está dispuesta a derribar a los hombres que la agredieron, pero también a cambiar la actitud de toda una sociedad que permite y justifica la agresión sexual contra las mujeres. Con su sari de color naranja y su existencia ordinaria, Priya es un personaje de ficción que representa la realidad de las 93 mujeres que cada día son violadas en India. Cerca de 4 mujeres cada hora se convierten en víctimas y supervivientes de la violencia sexual en el país.

En diciembre de 2012 y junto a otros cientos de miles de personas, el director de cine de origen indio Ram Devineni estaba en una de las protestas que tuvieron lugar en Nueva Delhi en respuesta a la horrible violación de la joven estudiante de 23 años por un grupo de hombres en un autobús. Cuando Devineni le preguntó su opinión a uno de los policías controlando la manifestación, la respuesta prendió como una mecha: «Ninguna chica decente camina sola por la noche».

Aquella frase y la correspondiente estupefacción indignada de Devieneni fue el inicio de un proyecto transmedia que ya se ha convertido en viral en India. «La respuesta del policía implicaba de alguna manera que la chica se lo merecía o al menos, que era ella la que lo había provocado. En ese momento me di realmente cuenta de que la violencia sexual no era solo un problema de falta de leyes sino, sobre todo, una cuestión cultural», explica Devineni por correo electrónico.

Continúa leyendo en Yorokobu.

Verónica y las cuentas imposibles

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Blog / Comunicando Infancia / Publicado

Esta historia aparece publicada en eldiario.es.

Hay un ruido en la cocina. Parece que el canario nos ha escuchado llegar a casa. Al lado de su jaula la piscina de la tortuga está rodeada de cartones de leche. “Es para que no se escape. Teníamos otra pero salió de su acuario y se escapó por la ventana”, nos cuenta Verónica. “¿Y qué le dijiste a los niños cuando no la encontraron?”, pregunto yo. “Pues que se escapó por la ventana”. Hay historias que no se pueden maquillar porque las desborda la realidad. Verónica vive con sus tres hijos. Los cuatro viven de los 690 euros que cobra Verónica limpiando. El resto del dinero que sería suficiente para llegar dignamente a fin de mes no existe y por eso Verónica se afana en hacer malabarismos y reducirlo todo a la mínima expresión de sus posibilidades.

Cuando Verónica no puede comprar a sus hijos las cosas que le piden, simplemente se lo explica o busca la alternativa posible en una existencia de recortes cotidianos. “Los niños de su clase celebran el cumple en el parque de bolas. Pero nosotros no podemos”. Verónica deja de hablar, atrapa una lágrima con el dedo, coge aire. “Compro una tarta y lo celebramos en casa” y nos explica que ella también lo pasa mal, que no es fácil tener que decirles continuamente que no a esas cosas. Cuando Verónica habla del cumple, del parque de bolas, de la tarta en casa como única opción, no está hablando de cosas banales. Decir que no a las cosas cotidianas que puede necesitar un niño de su edad -más allá de la necesidad básica de comer, vestirse e ir a la escuela- ocasiona un estrés en el niño y un estrés en los padres que solo conocen los que lo sufren y algunos expertos que se han ocupado de investigarlo. Un estrés que puede tener consecuencias nefastas en el desarrollo del niño, en su educación, y que tiene su origen en la conciencia de la desigualdad: no es lo mismo que un niño esté en las mismas condiciones y circunstancias que el resto de niños de su comunidad que, por el contrario, sienta constantemente la diferencia con los demás. Y lo mismo que les sucede a los niños, les ocurre a los padres que se ven obligados a decirles constantemente que no. No a la excursión. No a esas zapatillas nuevas. No al filete de ternera con patatas fritas que te gusta. No al cumple con tus amigos en el parque de bolas.

Continua leyendo la historia en eldiario.es

Todas las cartas que escribimos

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Blog / Sin ficción

“Quiero que la maravilla de la primera vez sea siempre la recompensa de mi mirada.  Se lo contaba Julio Cortázar a su amigo Eduardo Jonquières en la última de las cientos de cartas que se intercambiaron entre 1950 y 1983. Eran amigos pero sobre todo, se escribían cartas. Se lo contaron todo, Cortázar fue el Cortázar que se escribió en todas sus cartas.

Hay algo que se escribe en las cartas y que no puede palparse en la realidad. Supongo que ahora son los emails, los Facebook, los whatsapp. Todavía quedan algunos mensajes de texto. Qué importa el medio si lo que sabe es el mensaje. Hay algo que se escribe en las cartas que tiene que ver con lo que se contiene en la realidad. Una no encuentra tantos momentos para soltarlo todo como en las palabras que recogen los ojos al otro lado de las palabras que se envían. Hay en las cartas un algo de verborrea etílica. Quién no ha contado en las cartas -el medio es el mensaje- algo de lo que arrepentirse al despertarse.

Recuerdo que las primeras cartas que escribí se fueron hacia Asturias -los primeros amigos lejos de casa. No consigo recordar sin embargo cuando empecé a escribir a las personas que tenía cerca y tengo en cambio la certeza de que el primero en recibirlas fue mi padre.

Hace unos días mi hermano encontraba una caja llena de las cartas que precisamente mi padre escribía a sus padres cuando tenía 17 años. 1968. Acababa de dejar la aldea de Galicia para seguir el instituto en Madrid. Las postales y las cartas están llenas de dibujos, de colores, de palabras de cariño. Llenas también de os hecho de menos. Obsesionada con la intimidad propia y ajena, todavía no se que hacer con este trozo de relato emocional. Solo se que ha sido como encontrar en la orilla una botella con un mensaje que llega directamente del otro lado de mi propia historia.

Cartas

An Indian song

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Blog / Vídeo

Siempre me imaginé India lloviendo. El viaje fueron tres meses de miradas desde el tren, de las vueltas en la moto, de paseos en rickshaw. India fue mucho sol y nunca lluvia. La sorpresa, la comida, los colores, los olores, el sudor. India sin lluvia acabó siendo encontrar una canción.

La música es parte de la banda sonora que el magnífico Ravi Shankar creó para la película “Pather panchali” (La canción del camino), que en 1955 representó el debut del gran director indio Satyajit Ray.

Todas las fotos en De este a oeste: miradas al sur de India.

De este a oeste: miradas al sur de India

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Blog / Foto / Viajes
Jaipur

Una cámara, un objetivo, tres meses, ocho trenes y muchas maneras de mirar[nos].

Una fórmula para acercarse al sol

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Blog / Publicado
Un niño con albinismo nos mira desde su clase en el colegio Mwsisenge Primary School  de Tanzania.

Esta historia aparece publicada en El País.

Zawia, una joven tanzana con albinismo, había recorrido todo el país junto a su tía –sus padres le habían abandonado siendo muy pequeña– para llegar al Kilimanjaro Christian Medical Centre. Tenía un cáncer en la barbilla enorme, pero ni ella ni su tía sabían lo que era. En el hospital le dijeron que ya no podían hacer nada, era demasiado tarde y el cáncer estaba demasiado extendido. Cuando le reembolsaron el dinero del viaje de ida y vuelta hacia su casa –algo que hacen con todos los pacientes con albinismo– Zawia se arrodilló y empezó a dar las gracias llorando. “La desinformación hace que muchas personas albinas vivan en Tanzania con tanto rechazo y abandono por parte de la sociedad, que probablemente fuese la primera vez en la vida de Zawia que alguien le estaba ofreciendo algo”. Lo cuenta Mafalda Soto, una farmacéutica gallega afincada en Tanzania que lleva más de seis años trabajando en África con el albinismo (una alteración genética que provoca la ausencia de melanina en ojos, piel y pelo) y que desde hace tres produce, junto a sus compañeras Grace y Leah, la que hasta ahora es la primera crema protectora solar para albinos producida localmente en África.

Si Zawia hubiera protegido del sol su piel albina desde niña, si alguien le hubiera dicho antes que tenía que controlar esa mancha en su barbilla –que luego se hizo herida que luego se hizo cáncer que luego se hizo incurable–, hoy probablemente su vida tendría otro relato.

Prevenir, prevenir, prevenir. Ese es el mantra que desde hace años repite Soto a todas las personas con albinismo, a todos los niños, a sus padres, a sus madres, a profesores, a médicos con los que colabora en Tanzania, un lugar complicado para los albinos que son en el país más de 25.000.

Mafalda en una de las distribuciones de la crema protectora.

La falta de tratamiento hace que la esperanza de vida de las personas con albinismo se sitúe en los 30 años y que apenas un 2% viva más allá de los 40. La baja tasa de asistencia a la escuela hace que estén abocados a la vida agrícola en el campo, es decir, a estar expuestos al sol durante la mayor parte de su existencia. Y por si fuera poco, están el estigma, la persecución, los asesinatos. Tanzania registra el mayor número de ataques violentos contra personas albinas en África. Sin embargo, pese a la brutalidad de estas agresiones, la falta de protección frente al sol es la principal amenaza. “Aquí los albinos no tienen acceso a los protectores solares. Hay pocos, en pocos lugares y son caros. La mayor parte de los albinos que acceden a las lociones solares lo logran gracias a donaciones que reciben asociaciones locales y organizaciones de otros países. Pero esa dependencia es insostenible y muchas veces imposible”, explica Soto.

No es casual que esta farmacéutica llegara a Tanzania para producir la crema. Todo empezó antes en Malaui, donde llegó en 2008 para colaborar como voluntaria para la ONG Africa Directo en una pequeña clínica en el minúsculo poblado de Mtendere. Allí empezó también a trabajar con los albinos y, tras comprobar la dificultad para conseguir cremas protectoras, comenzó a darle vueltas a la idea de un protector accesible para proteger su piel y prevenir el cáncer. En sus visitas a España –y desde los laboratorios de Fridda Dorsch que colaboraban con África Directo– iba probando mezclas, tratando de adaptar fórmulas no patentadas a la realidad y al contexto de las personas con albinismo en África. De todas, encontraron dos posibles fórmulas que en 2011 se llevó a Tanzania para realizar un estudio clínico entre más de 150 personas albinas. Luego solo quedaba ponerse a producir en el país, inicialmente desde un pequeño contenedor ubicado en el patio del Centro Regional de Formación en Dermatología, el centro de referencia en dermatología de Tanzania. Desde 2013, y ya con sus compañeras Grace y Leah, las cremas se producen, se envasan y se almacenan en un pequeño laboratorio que han podido construir gracias, entre otros, al apoyo de la organización Under the Same Sun y del Colegio de Farmacéuticos de Coruña, donde Soto tocó la puerta animando a todo el mundo a implicarse.

Antes, después, mientras tanto, la farmacéutica siempre está llamando a alguna puerta. Para producir la crema precisaban componentes imposibles de encontrar en África e imposibles de pagar en Europa. Soto escribió el mismo correo electrónico a toda la base de datos del laboratorio químico líder a nivel mundial, BASF, para pedirles que apoyasen el proyecto. Y le respondieron. Con su crema en una bolsa y todas las fotos de los beneficiarios en la maleta, viajó a Greznach, en Alemania, donde BASF tiene su sede, y donde llegaron a un acuerdo de colaboración de tres años. “Fue un gran empujón al proyecto. Seguimos trabajando para mejorar la fórmula, con procesos de producción simples, adaptados al contexto, pero con controles de calidad y pruebas de eficacia tremendamente exhaustivos, tanto en nuestro laboratorio, en los laboratorios locales con los que trabajamos aquí en Tanzania, como en los laboratorios de BASF en Europa”, explica.

La crema Kilisun –este es el nombre del producto– se distribuye dentro del Albino Outreach Project, un proyecto que arrancó hace 23 años y por el que dermatólogos del Centro Regional de Formación en Dermatología se trasladan cada seis meses hasta las zonas más recónditas de la región del Kilimanjaro para revisar la piel de los albinos, intervenir cuando es necesario o trasladar al hospital los casos de cáncer de piel que exigen operaciones quirúrgicas complicadas. En el centro atienden gratuitamente a todas las personas albinas que necesiten tratamiento, pero llegar hasta allí no es fácil y, muchas veces, encontrar a las personas albinas tampoco: el 80% de las personas con albinismo mueren en casa por no poder acceder a los servicios sanitarios.

Aprender a protegerse del sol es la única fórmula para evitar llegar al cáncer de piel. “No se trata de hacer una crema y distribuirla. Queremos fomentar un componente de educación y empoderamiento para que ellos mismos adquieran hábitos de cuidados y luchen por su futuro”, añade Soto. En las distribuciones se explica cómo y cuándo echarse la crema –”muchos se la ponen por la noche para irse a dormir”, comenta Mafalda–, se reparte tratamiento de cuatro a seis meses y se les insiste en la devolución de los envases para su reciclaje.

Y el proyecto avanza. Además de Grace y Leah, pretenden incorporar al equipo a otras dos personas albinas a las que se les ofrecerá formación en farmacia para continuar con la producción de crema. “Estamos trabajando con el Ministerio de Sanidad tanzano para que incluya la crema en el sistema sanitario y cualquier albino, de cualquier región, la pueda recibir gratis en cualquier centro de salud”. Hace unas semanas se unían al programa 84 personas con albinismo en el distrito de Kinondoni, en Dar es Salaam. “Una muy buena noticia porque es el primer hospital gubernamental que se suma a las distribuciones”, añade Mafalda. También barajan la posibilidad de exportarla a otros países, como Uganda y Malaui, desde donde les están llegando peticiones. Además, ya han llegado a un acuerdo con Unicef para distribuir la crema por el sur del país. Sueñan con lograr que algún día todas las personas con albinismo puedan acceder gratuitamente a la protección. Y poder acercarse al sol.






Un hogar para las muñecas

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Blog / Relato
Un hogar para las muñecas

Era todavía pequeña aquel día en que, mientras observaba la televisión agarrada a una de mis muñecas, tuve la certeza de que ya no quería volver a jugar con muñecas. Me había aburrido, aquello ya no tenía ningún sentido. Se me planteó entonces una duda que de pronto se hizo existencia: ¿a dónde van las muñecas cuando los niños y las niñas ya no quieren jugar nunca más con ellas?

Durante días, recorrió mi interior la búsqueda de una respuesta; no dormía por las noches, apenas me entraba el desayuno en las mañanas. Mi existencia discurría en una duda permanente sobre el destino de aquellos seres.

Hasta ese día siempre había llevado en la mochila de la escuela una pequeña muñeca  con la idea de que un día acabaría convirtiéndose en una especie de Pumuki a la que llamaría Tibú y con la que hablaría sobre todas las cosas. Ahora, sin embargo, perdido todo entusiasmo por jugar con las muñecas, entendí que debía abandonar también la idea de traer a la vida a esa diminuta criatura de trapo.

Mi duda existencial engordaba por momentos.

Decidí entonces reunirlas a todas -junto a los camiones, los Playmobil y los ponys- en un rincón de mi habitación. Debía encontrar las palabras adecuadas para manifestar ese recién estrenado anhelo de independencia sin herir sus sentimientos. “Chicas, chicos, ha llegado la hora de seguir con nuestros caminos. He crecido y vosotras también sois ya mayores. Debemos separarnos o acabaremos siendo una carga para nosotras mismas y nuestro futuro”. Nadie dijo nada, ni el más mínimo murmullo; no hubo quejas, ni gritos, nadie derramó ni una sola lágrima. No se si quizás fuera esa falta de resistencia o aparente desapego lo que más me dolió de aquella despedida pero lo cierto es que nunca volví a hablar con nadie sobre el fin de mi relación con las muñecas.

Solo hoy, que vuelvo a estar de mudanza y que ya han pasado más de veinticinco años de todo aquello, me he puesto a escribir sobre lo que sentí entonces. Ha llegado el momento de dejar de cargar con muñecas en cajas, de casa en casa, de mudanza en mudanza y creo que todas pero sobre todo ella, sobre todo Tibú, lo entenderá mejor si se lo escribo. Esta vez no podría soportar los silencios.